Miradas bizcas…cómo me veo?

Miradas bizcas…cómo me veo?

A veces quisiera poder ser otra para dejar de ser ninguna.
Mientras tanto, soy una sombra.
Qué se siente, hija, ser tú?- (Luz Aurora Pimentel)

A eso de los 4 años Camila, mi hija, preguntó por qué las Chicas Super Poderosas no tenían mamá, por qué el “papá” (el profesor Utonio) de las chicas las había hecho sólo, y si era cierto que las niñas eran “azúcar, flores y muchos colores; y accidentalmente la sustancia X”. No supe qué contestarle, hasta ese momento la serie infantil era maravillosa, pues retrataba 3 niñas con poderes para salvar el mundo. A mi no se me había instaurado la curiosidad sobre la forma en la que accidentalmente el profesor, en su intento por crear a la niña perfecta, agrega la sustancia X que las hace fuertes, inteligentes y aguerridas.

En ese instante comprendí su afán por saber de la mamá de las Chicas. Ella tiene mamá, abuela, tías, primas, profesora, es una niña rodeada de mujeres, pero en los programas que ve y en los cuentos que escucha las mujeres casi nunca aparecen, y si están no se asemejan a las que ella conoce. La pregunta de Camila me obligó a detenerme en la relación entre mi aprendizaje académico y mi vida cotidiana; ella descubrió en un programa de televisión lo que a mí me ha llevado años de estudio: los referentes femeninos han sido invisibilizados y las mujeres no tenemos oportunidad de identificarnos con nosotras mismas. Cuando enajenadas suponemos que las nuevas formas del mercado nos incluyen, nos ponen en otro sitial, zas! Sobreviene la pregunta y nos damos cuenta que seguimos en el mismo lugar.

Desarrollar una mirada de mujer en la academia exige un entrenamiento, que relativamente es fácil adoptarlo como pose, impostura frente a los otr@s. Lo que intento decir es que tal vez nuestra mirada sospechosa hacia los productos del sistema patriarcal se bloquea cuando salimos del salón de clases y vamos por allí regodeándonos sin percibir que en cada acto cotidiano dejamos huella de nosotras, de nuestra razón y sentimientos. Pues si bien es muy importante la mirada de mujer en el salón de clases, es más trascendental, más significativo ejercerla en la vida diaria, donde nos enfrentamos no con una hoja en blanco, sino con un mundo / texto que nos obliga a reescribirlo.

Mi mirada femenina hacia el mundo / texto ha desarrollado un complejo proceso en espiral, nunca estoy donde supongo debo encontrarme. El ojo externo (masculino casi siempre) te da una imagen que muchas veces sientes no corresponde contigo, así, si para el afuera eres una mujer veraz, ubicada y encaminada, para aquella que se asoma diariamente en el borde del closet, sólo hay una amalgama de contradicciones entre lo que quisiera ser y lo que soy. No me preocupa mucho mi posición académica, me cuestiona mi relación con el otro, con mi madre y con mi hija. Frente a él y ellas, ¿tengo una mirada de mujer? Otra pregunta en construcción de respuesta.

Ninguna de nosotras camina sola, en cada esquina hay otra dispuesta a acompañarte un trecho del viaje, y creo que si somos capaces de aceptar la compañía sin devorarnos, entonces, empezaremos a dar nuestros primeros pasos, y sólo cuando logremos entender que la otra no es una enemiga, que nada me “robará”, que no tengo que defenderme de una supuesta rival ancestral, parafraseando a Marcela Lagarde estaré en el camino a vencer nuestros cautiverios.

El gran reto para todas es lograr establecer las mujeres que nos guiarán en nuestras vidas, y entonces, surge la doble pregunta, de qué manera he construido mis referentes femeninos, y qué caminos estoy creando para que mi hija lo haga libre de culpas?

La revisión de lo materno, empezando por mi condición de madre, ha sido un duro cuestionamiento en estos últimos meses, y me siento perdida porque toda mi valoración sobre el conocimiento es masculina, porque me descubro ajena a la sororidad en algunos momentos, y hay días en que siento que actúo como loca, por lo menos eso dicen los ojos de quienes me escuchan hablar. Pero regreso al punto y la respuesta para las preguntas hechas como indicación de este trabajo es que si no veo a mi madre y a aquellas que la antecedieron nunca podré ser una mujer que ve, siente, escucha, habla, lee y escribe como mujer.

Mi cuerpo es un cuerpo materno. Cuerpo alterado que señala las huellas del sistema en la madre originaria, en la presencia “inmaculada” de lo femenino. En la conjunción sacrificial de la virgen con el hijo. El seno, pero la leche primigenia empaña el espejo. Se anida el extrañamiento, y la madre a fuerza debe entender que el hijo es otro, que ella no es él. No puede ver, escuchar, oler o sentir como él, su espejo no le pertenece, a pesar de los nueve meses que habitó su vientre, así como Alicia no es de Carrol, ni los ciudadanos de la patria, ni los espejos de Borges, somos mediadoras.

Lacan dice que el estadio del espejo “es un drama cuyo empuje interno se precipita de la insuficiencia a la anticipación; y el sujeto, presa de la ilusión de la identificación espacial, maquina las fantasías que se sucederán desde una imagen fragmentada del cuerpo hasta una forma ortopédica de su totalidad, y a la armadura por fin asumida de una identidad enajenante, que va a marcar con su estructura rígida todo su desarrollo mental. Así la ruptura del círculo del Innenwelt al Umwelt engendra la cuadratura inagotable de las reaseveraciones del yo. Este cuerpo fragmentado, se muestra regularmente en los sueños.”

Duraznito, Usnavy, Hiroshima, Chelsy Valentina, Yexileymis, Yuribixaida, Yornaiker, Maikol Sadan: la política del nombre

Un proyecto de ley del Consejo electoral de Venezuela prohíbe a los padres y madres poner nombres extravagantes a sus hijos e hijas, para evitarles la vergüenza de “que los expongan al ridículo o que sean combinaciones de varios nombres y dificulte su pronunciación… nombre extraño o alguno que pueda generar duda sobre su identidad sexual… en esos casos el registrador ofrecerá como referencia un listado de nombres y apellidos más comunes, elaborado por la Oficina Nacional de Registro Civil. La lista, con no menos de 100 nombres, será revisada cada año y aumentará en un porcentaje proporcional a la población. Sin embargo, los descendientes de etnias indígenas, así como los extranjeros quedan exceptuados y podrán emplear los nombres que deseen de acuerdo con sus culturas.”

Todo está en el nombre. En el nombre habita el locus amenus o pesadilla implacable si a nuestros padres se les ocurre experimentar. Porque no es lo mismo llamarse Catalina que Mileidys. La historia de nuestro nombre se supone determina nuestro destino, y qué historia tiene una Mileidys o una Yurleidys? De donde vengo su historia se reduce a las barriadas cartageneras, usualmente empleadas domésticas. El nombre las condena, y así escapen del destino impuesto por la “divinidad nominal”, estudien, se hagan jefas, secretarías o dueñas de algún negocio, entonces quedaran reducidas a Mile y Yurle.

Ellas nunca podrán alardear de ninguna genealogía. Y es no una banalidad esto de nombrar a los demás. Las familias negras estadunidenses empezaron a verse afectadas en los años 80 y 90, eran fácilmente identificables en los currículos, así no llevarán fotografía: el nombre los delataba; el nombre les negaba oportunidades laborales y educativas. Insisto no es lo mismo Kenia que Britney.

Si al nombre le sumamos la “F o M”, el color de piel, los gustos culinarios, el país de origen, la edad, la contextura física y la clase social, entonces vamos teniendo un cuadro más completo. “La identidad se desdobla en infinidad de meandros que hacen de nuestra conciencia un abanico de simultaneidades” nos dice Luz Aurora Pimentel.

Nombrar genera la idea de que existe algo que es “real”, así el discurso promueve cierto tipo de realidad legal y legitima. Asigna significados e instituye interpretaciones. Es una especie de persuasión colectiva, como un chisme que termina convenciéndonos de que lo que se dijo es cierto, que esa percepción se corresponde de manera univoca con los sujetos y acciones. La palabra sujeta y libera. Nunca aprendemos el lenguaje sin aprender, al mismo tiempo sus condiciones de aceptabilidad, afirma Bourdieu. Hay que desdecir a la palabra y a su poseedor/a.

Para empezar a desdecir hay que olvidar. Abandonar la domesticación de la mirada. La recurrente idea de un todo integrado, la pretensión de que el objeto de deseo nos complementa, esa constante percepción de unidad que confirma nuestra incompletud. Pero acaso no nos vemos – y nos ven – “completos”, no somos un señor cara de papa, al que se le pueden quitar las piezas y armarlo como se nos antoje, o quizá si…

Instrucciones para llenar el formato
“y tú, ¿quién eres?”, me echaría a llorar
y le diría que soy enamorada, que no puedo pensar en otra cosa y que,
por lo tanto ¿no puedo ser otra cosa?
Pero luego me da también por ser madre
y tampoco puedo ser otra cosa…
Soy entonces lectora; lectora del otro, de mí misma.
Y aunque en este momento, mientras escribo,
Soy enteramente la que escribe; unos rasgos, unas líneas que se cruzan y me buscan:
un proyecto de sombra.
Y bien, sí, soy escritora.
¿Qué seré? ¿Todo? ¿Nada?
¿La sombra de lo uno mientras lo otro me ocupa entera?
¿Quién soy habiendo sido?
¿Quién hay que pueda decirme quién soy?
¡Cuanto me gustaría volver a ser para poder ser!
Luz Aurora Pimentel

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Una respuesta a Miradas bizcas…cómo me veo?

  1. Johnb229 dijo:

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